
DOCE PRUEBAS QUE DEMUESTRAN LA NO EXISTENCIA DE DIOS
Sébastien
Faure
CONTRA EL DIOS CREADOR
DIOS NO PUDO HABER CREADO SIN MOTIVO:
MAS ES IMPOSIBLE ENCONTRAR UNO
Salta a la vista
que si Dios ha creado, es imposible admitir realizara este acto tan grandioso,
en el que las consecuencias debían ser fatalmente proporcionadas al acto mismo,
y por consiguiente incalculables, sin que lo hiciera determinado por una razón
de primer orden.
Ahora bien: ¿cuál
pudo ser esta razón? ¿Por qué motivo tomó Dios la resolución de crear? ¿Qué
móvil le impulsó a ello? ¿Qué deseo germinó en Él? ¿Qué designio se
formó? ¿Qué idea persiguió? ¿Qué fin se había propuesto?
Multiplicad en
este orden de ideas las preguntas; rondad cuanto queráis alrededor de este
problema, examinar bajo todos sus aspectos y en todos sus sentidos, y yo os
desafío a que lo resolváis en otro sentido que no sea el de incoherencias
o sutilezas.
Ejemplo: he aquí
un niño educado en la religión cristiana. Su catecismo y los maestros le enseñan
a preguntarse para qué le ha traído Dios al mundo. ¿Podrá el niño obtener
una respuesta juiciosa?
No la obtendrá
jamás. Suponed aun que confiando en el saber y la experiencia de sus educadores,
persuadido del carácter sagrado de que éstos están revestidos (curas o pastores)
poseyendo luces especiales y dones particulares, convencido que por su santidad
estén más próximos de Dios y por lo tanto mejor iniciados que él en las verdades
reveladas; suponed que este niño tenga la curiosidad de preguntar a sus maestros
por qué y para qué Dios le ha creado y le ha puesto en el mundo; afirmo que
éstos son incapaces de contestar a esta simple interrogación, con una respuesta
plausible, sensata.
Cerquemos bien la cuestión,
ahondemos en el problema. Con el pensamiento imaginemos a Dios antes de la
creación. Tomémosle en su sentido absoluto. Está completamente solo, no necesita
ni desea ayuda de nadie, está perfectamente tranquilo, es perfectamente feliz,
perfectamente poderoso. Nada puede disminuir su tranquilidad, nada puede disminuir
su felicidad, nada puede aumentar su poder.
Bien mirado,
este Dios no puede experimentar ningún deseo, puesto que su felicidad es
infinita, ni perseguir ningún fin, cuando nada falta a su perfección; no puede
formar ningún designio, puesto que nada puede extender su poder; no puede
determinarse a querer nada no teniendo necesidad alguna.
¡Ea! Filósofos
profundos, pensadores útiles, teólogos prestigiosos, responded a este niño que
os interroga y decidle por qué Dios lo ha creado y lo ha lanzado al mundo.
Estoy bien tranquilo:
vosotros no podéis responder a menos que no le digáis: «Los misterios de Dios
son impenetrables» y aceptéis esta respuesta como suficiente.
Y haréis bien
absteniéndoos de toda otra respuesta, porque ella, os lo prevengo
caritativamente, entrañaría la ruina de vuestro sistema y el derrumbamiento de
vuestro Dios.
¿Sabéis,
camaradas, adonde nos conducen las consecuencias de tal conclusión?
Vais a verlo.
Lo que diferencia
los actos que realiza un hombre dotado de corazón, de los de otro atacado
de demencia: lo que hace que uno sea responsable y otro irresponsable es que
un hombre de razón sabe siempre o puede llegar a saberlo, cuando realiza algo,
cuáles han sido los móviles que le han impulsado, cuáles son los motivos que
le han inducido a practicar lo que pensaba; sobre todo cuando se trata de
una acción importante y sus consecuencias afectan gravemente a su responsabilidad,
es preciso que el hombre entre en posesión de su razón, se repliegue sobre
sí mismo, se libre a un examen de conciencia, serio, persistente e imparcial
que por sus recuerdos reconstituya el cuadro obligado de los acontecimientos
que le han sucedido; en una palabra, que procure vivir las horas pasadas,
para que pueda con claridad discernir cuáles fueron las causas y el mecanismo
de los movimientos que le determinaron a obrar.
Con frecuencia
no puede vanagloriarse de las causas que le han impulsado y a menudo le hacen
enrojecer de vergüenza; mas cualesquiera que sean estos motivos, nobles o
viles, interesados o generosos, llega un momento para descubrirlos.
Un loco, al contrario,
procede sin saber por qué, y una vez el acto realizado, por grandes que sean
las consecuencias que de él puedan derivarse, interrogadle, encerradle si
queréis en un círculo estrecho de preguntas, y no obtendréis de este pobre
demente más que vaguedades e incoherencias.
Por tanto, lo que
diferencia los actos de un hombre sensato de los de un insensato es que los
actos del primero se explican, que tienen una razón de ser, que se distingue
la causa y el efecto, el origen y el fin, mientras que los actos de un hombre
privado de razón no se explican; que él mismo es incapaz de discernir por
qué los ha cometido y el fin que persigue al realizarlos.
CONTRA EL DIOS GOBERNADOR O
PROVIDENCIAL
Son muchísimos, forman
legión, los que contra todo se obstinan en creer. Concibo que, en rigor,
pudiera creerse en la existencia de un creador perfecto, o que se creyera en un
gobernador necesario; pero me parece imposible que razonablemente pueda creerse
en la existencia de uno y de otro al mismo tiempo, porque estos dos SERES
perfectos se excluyen categóricamente: afirmar a uno es negar al otro;
proclamar la perfección del primero es confesar la inutilidad del segundo;
sostener la necesidad del segundo es negar la perfección del primero.
Planteado en
otros términos, se puede creer en la perfección de uno o en la necesidad del
otro; pero resulta desprovisto de toda lógica creer en la perfección de los
dos; es imposible; hay que escoger.
El Universo creado
por Dios hubiera sido una obra perfecta si en conjunto, como en sus más mínimos
detalles, esta obra fuera sin defectos; si el mecanismo de esta gigantesca
Creación fuera irreprochable; si su perfección fuera tal que no hubiera temor
de que se produjera ningún desarreglo, ninguna avería; concretando: si la
obra fuera digna de este obrero genial, de este artista incomparable, de este
constructor fantástico, que llaman Dios, la necesidad de un Gobernador no
se hubiera sentido.
¿Para qué este
ingeniero, este mecánico, cuyo papel es vigilar la máquina, dirigir, intervenir
cuando es necesario, realizar retoques cuando está en movimiento y hacerle las
reparaciones sucesivas y necesarias? Este ingeniero era inútil, como
innecesario era el mecánico.
La necesidad del
Gobernador es como un insulto, un desafío lanzado al Creador; su intervención
corrobora el desconocimiento, la incapacidad, la impotencia del Creador.
LA
MULTIPLICIDAD DE LOS DIOSES ATESTIGUA QUE NO EXISTE NINGUNO
El Dios Gobernador debe ser
poderoso y justo, infinitamente poderoso e infinitamente justo.
Según los cálculos
mejor fundados, se conocen actualmente ochocientas religiones que se disputan
el imperio de los mil seiscientos millones de conciencias que pueblan nuestro
planeta. No puede dudarse que cada una reclama para sí el privilegio de que
sólo su Dios es el verdadero, el auténtico, el indiscutible, el único, y que
todos los otros dioses son dioses de risa, dioses falsos, dioses de contrabando
y de pacotilla, y que es obra piadosa combatirlos y aplastarlos.
Si mera poderoso,
hubiera podido hablar a todos con la misma facilidad que lo haría a unos pocos.
Hubiera podido mostrarse, revelarse a todos, sin emplear más esfuerzos que
para un reducido número.
Un hombre,
cualquiera que sea, no pueda mostrarse ni hablar más que a un número reducido
de hombres; sus cuerdas vocales tienen una resistencia que no puede exceder de
ciertos límites. ¡Pero Dios...!
Dios puede
hablar a todos, por grande que sea el número, con la misma facilidad que a unos
pocos. Cuando se eleva, la voz de Dios puede y debe repercutir en los cuatro
puntos cardinales.
Puesto que Él ha
querido -la religión así lo afirma- hablar a los hombres, revelarse a ellos,
confiarles sus designios, indicarles su voluntad, hacerles conocer su Ley,
bien hubiera podido hacerlo a todos y no a un puñado de privilegiados.
¿Y en estas condiciones
no estimáis sensato pensar que no ha hablado a nadie y que las múltiples revelaciones
que se le atribuyen son otras tantas imposturas, o más aún, que si no ha hablado
más que a unos pocos ha sido porque era incapaz de hablar a todos?
¿Qué pensar de
un Dios que sólo se hace visible a un reducido número y se esconde para los
otros? ¿Qué pensar de ese Dios que dirige la palabra a unos pocos y para los
otros guarda el más profundo silencio?
No olvidéis que
los representantes de ese Dios afirman que es el padre de todos y que todos
somos también los hijos amados del padre que reina allá arriba en los cielos.
¡Y bien! ¿Qué pensáis
vosotros de ese padre que exuberante de ternezas para algunos privilegiados,
revelándose a ellos, les evita las angustias de la duda, las torturas de la
vacilación, mientras que voluntariamente condena a la inmensa mayoría de sus
hijos a los tormentos; de ese padre que exige a sus hijos practiquen un culto,
le rindan adoraciones y respetos, que llama a unos pocos a escuchar su verdadera
palabra, mientras que con el deliberado propósito niega a los más esta distinción,
este insigne favor?
Pero Dios debe
ser infinitamente poderoso e infinitamente justo -los cristianos lo afirman-,
y si le falta alguno de estos dos atributos, la potencia o la justicia, no
es perfecto, y no siendo perfecto no tiene razón de ser, y, por lo tanto,
no existe.
La multiplicidad de los dioses demuestra que no existe ninguno.
El Dios
Gobernador o Providencia, es y debe ser infinitamente bueno, infinitamente
misericordioso. La existencia del infierno prueba, sin embargo, que no lo es.
Dios podía,
puesto que es bueno, admitimos a todos en su Paraíso ¡después de nuestra
muerte, contentándose como castigo con el tiempo de sufrimientos y de
tribulaciones que pasamos en la tierra.
Dios podía, en
fin, puesto que es justo, no admitir en su Paraíso a los malos, negándole el
acceso, mas antes debiera destruirlos totalmente a su muerte y no condenarlos a
los sufrimientos del infierno.
Pero tengo la absoluta
seguridad, sin que por esto os atribuya Cualidades que quizá no poseéis, que
si estuviera en poder vuestro, sin que esto os exigiera un gran esfuerzo,
sin que resultara para vosotros ningún perjuicio moral ni material: si en
poder vuestro estuviera, repito, dentro de las condiciones indicadas, el evitar
a un ser humano una lágrima, un dolor, un sufrimiento, afirmo que lo haríais
sin titubeos, sin vacilaciones. ¡Y sin embargo no sois ni infinitamente buenos,
ni infinitamente misericordiosos!
¿Seríais vosotros mejores, más misericordiosos
que el Dios de los cristianos?
Porque, en fin, el infierno existe. La
Iglesia lo enseña; es la horrible visión con ayuda de la cual se siembra el
espanto en los niños, en los viejos y entre los pobres de espíritu y temerosos;
es el espectro que se instala en la cabecera de los moribundos a la hora en
que la muerte les arrebata todo su valor, toda su energía y toda su lucidez.
¡Y bien! El Dios de los cristianos, que
dicen es de piedad, de perdón, de indulgencia, de bondad y de misericordia,
arroja una parte de sus hijos -para siempre- en un antro de torturas, las más
crueles, y de suplicios, los más horrendos.
¡Cómo es bueno! ¡Cómo es
misericordioso!
Conoceréis sin duda estas palabras de
las Escrituras: «Muchos serán los llamados, pero pocos los elegidos». Estas
palabras significan, sin abusar de su valor, que ínfimo será el número de
los salvos y considerable el de los condenados. Esta afirmación es de una
crudeza tan monstruosa, que se ha procurado darle otro significado.
¿Acaso a los elegidos?
¡Efectivamente, no! Por definición, los elegidos serán los justos, los virtuosos,
los fraternales, los simpatizantes, y sería absurdo suponer que su felicidad,
ya incomparable, pudiera ser acrecentada con el espectáculo de sus hermanos
torturados.
¿Será, pues, a
los condenados mismos? Tampoco, puesto que la Iglesia afirma que el suplicio de
esos desgraciados no acabara jamás, y que por los siglos de los siglos sus
sufrimientos serán tan horripilantes como el primer día.
¿Entonces...?
¿Es, pues, Dios
quien obtendrá beneficios de los sufrimientos de los condenados?
¿Es, pues, Él,
ese padre infinitamente bueno, infinitamente misericordioso, quien se
regocijara sádicamente con los dolores a que voluntariamente ha condenado a sus
hijos?
¡Ah! Si esto es
así, este Dios me parece un feroz inquisidor, el más implacable que se pueda
imaginar.
MALDITOS
HETERODOXOS! Edición especial para Océno Grupo Editorial S.A.