SIETE NOTAS ACERCA DEL PODER
Diego Ruíz
NOTA PRIMERA
DE LA MORAL DEL MAS FUERTE Y DE LA
INSTITUCION DEL PODER
En
un momento dado de su desarrollo, el prodigioso genio antiguo distingue la
teoría de la práctica, levanta una barrera entre la Naturaleza y la Ley, y —a
partir de aquí— predica lo que empezaremos a llamar la moral del más fuerte.
Esta moral es sencilla, y puede exponerse así, bajo la fe del amigo de
Sócrates: "Desde la juventud, tomamos los mejores y más fuertes entre
nosotros, los deformamos, los domamos, como si fueran leones, haciéndoles
comprender por discursos, llenos de encantos y prestigios, que es preciso
atenerse a la igualdad. . . y aunque en esto consiste lo bello y lo justo. Pero
creo que, si apareciese un hombre dotado de grandes cualidades, que, sacudiendo
y rompiendo todas esas trabas, encontrase un medio de librarse de ellas; que,
hollando vuestras escrituras y vuestros prestigios y vuestros encantos y todas
vuestras leyes contrarias a la naturaleza, aspirase a elevarse por encima de
todos, y de esclavo vuestro a convertirse en amo, entonces brillaría la
justicia tal como es en la institución de la Naturaleza". Todo esto es
perfectamente claro, y se había expuesto hace mucho tiempo. No se había
retrocedido ante las consecuencias. Y el mismo personaje del diálogo de Platón,
aclara su modo de apreciar las cosas mediante ciempiés. Teorema seguido de demostración:
—"Hércules se llevó los bueyes de Gerión, sin comprarlos, y sin que nadie
se los diera, dando a entender (¿Píndaro?) que esta acción es justa, según la
Naturaleza: y que los bueyes y todos los demás bienes de los débiles y de los
pequeños pertenecen de derecho al más fuerte".
NOTA SEGUNDA
NECESIDAD DE RECONOCER QUE EL MAS
FUERTE HA DE SER EL MEJOR
Después
de bien comprendida la moraleja de la fábula de los bueyes de Gerión, la
Prudencia cede sus armas a la Ironía, y se le oye insinuarse así:
—Pero,
¿cuál es el más fuerte? ¿El que puede más? El más potente en la Multitud, pues.
Y la Multitud tiene una función: ser autora de Leyes. Ahora bien, la Ley
protege al débil. Esto se ha reconocido implícitamente, al oponer la Ley a la
Naturaleza.
La
Ironía se complace en ver al sofista encerrado en tal "curriculus".
Para
salir de alguna manera de aquí, el sofista se ve precisado a declarar que el
más fuerte es el mejor.
Ironía
vuelve a argumentar así:
—Pero
el más fuerte, si es el mejor es el más sabio. Si es el más sabio es el más
hábil, el más activo, el más escrupuloso en el gobierno de los Estados. Y de
esta confesión nacerá, en el Renacimiento italiano, el preceptor del príncipe.
Ahora,
pues, es el sofista el que ha vencido a la ironía. Sócrates lo reconoce
noblemente, y en el momento de la polémica acaba por poder expresar su
convicción:
—No,
sabio no es el más activo ni el más hábil en la gobernación de los Estados,
sino el más hábil y el más activo en el imperio de sí mismo, El más temperante.
NOTA TERCERA
DEL PRINCIPIO DEL BIEN Y DEL MAL
A
tales escaramuzas debemos el que Calicles se decida a revelar hasta las
entrañas de su pensamiento. Es un momento solemne este, para la historia de los
humanos. El discurso de Calicles lo leyó muchas veces Nietzsche; él, que sabía
tan bien el griego: Nietzsche, el filósofo.
He
aquí parte del discurso a que me refiero: "El abandono, la intemperancia,
la licencia, he ahí la virtud y la felicidad. Todo lo demás, esas bellas ideas,
esas consecuencias contra natura no son más que extravagancias humanas, en las
que no vale la pena de fijarse..."
Al
ánimo suspenso acuden raciocinios en serie; Ironía vuelve a callarse ante
Prudencia, y se oye a ésta insinuarse así:
—Luego
el que tiene más deseos es el más feliz. (Más deseos y los satisface). Pero es
preciso convenir que agrarlable-bueno (así, por lo menos, lo reconoce el
sofista, resistiéndose a admitir lo bueno desagradable). Además, lo bueno y lo
malo (la salud y la enfermedad, por ahora) no concurren en un mismo sujeto. Son
dos términos de la lucha; se da uno o se da otro, sin coincidir. Veamos ahora
esto: beber teniendo sed. (Beber-placer: teniendo sed-dolor). Luego placer y
dolor coexisten. Mas si el placer es igual al bien y el dolor es igual al mal,
resulta que Mal y Bien coexisten, lo que es contrario a lo establecido y
demostrado antes.
NOTA CUARTA
DEL PRINCIPIO DE LA ALEGRÍA Y DEL
DOLOR
El
manejo de estos argumentos, con tanta oportunidad y sangre fría ante el
peligro. da a Sócrates una superioridad inmensa sobre Calicles, quien no puede
dejar de escuchar estas ocurrencias del genio alegre:
—¿Quién
experimenta la alegría? ¿Quién experimenta el dolor? ¿Los sabios? ¿Los
insensatos? En una guerra, cuando los enemigos se retiran, ¿quiénes se alegran
más? ¿los valientes o los cobardes? Cuando el enemigo avanza, ¿quiénes se
alegran más? ¿los valientes o los cobardes? Cuando el enemigo avanza, ¿quienes
están más tristes? ¿los cobardes o los valientes?...
La
Ironía vuelve a llevar el peso de la batalla, y esta vez es implacable:
—El
que está más alegre —presume— es bueno: el que sufre el dolor es malo.
Ahora
el sofista se ve precisado a reconocer que hay placeres buenos y placeres
malos. Luego eso, precisamente, que califica a los placeres es lo que hay que
conseguir.
Es
preciso, concluye Sócrates, hacer todas las cosas, aun las agradables, en vista
del bien y no el bien en vista de lo agradable.
NOTA QUINTA
DE LA INEFICIENCIA Y VANIDAD DE LA
FUERZA
La
pregunta fundamental siempre es ésta: ¿Cuál es el fuerte? Queréis implantar una
nueva moral, y nos facilitáis sus principios; moral de los fuertes o para los
fuertes. Pero, ¿cuál es el fuerte?
Con
frecuencia, vuestra convicción vacila al querer trazar los caracteres del
fuerte. Pues estáis escarmentados de la frecuencia con que nos engañan
vanidades y demencias. Palabras, palabras, palabras... suelen ser nuestros
ídolos.
El
rasgo más genial de toda la disputa de Sócrates contra los sofistas (y acaso de
su vida entera). consiste en haber identificado al charlatán con el tirano. Por
este golpe valeroso, ha pronunciado la sentencia en última instancia contra
todos los descendientes (europeos o americanos) de Georgias, Polo y Calicles.
—¿Cuál
es el objeto de la retórica? Los discursos. Pero, ¿toda clase de discursos? No,
pues la medicina, la aritmética, etc... serían retórica. ¿Qué clase de
discursos, pues? Los que versan sobre lo justo y lo injusto. ¿Y cómo obra? Por
la persuasión. Pero hay dos clases de persuación: una, produce la creencia sin
la ciencia; otra, la ciencia pura. Y la Retórica produce la primera de dichas
persuasiones. Luego puede versar sobre lo injusto. Luego es inmoral.
Cocina
y Retórica son una misma cosa: dan placer y son rutina. "La retórica es
por relación al alma lo que la cocina respecto al cuerpo". Ambas son
vanidad. Y ambas son semejantes a la cosa más vana del mundo: la tiranía. Los
oradores y los tiranos tienen escaso poder sobre las ciudades, y no hacen casi
nada de lo que quieren, aunque hagan lo que les parece ser más ventajoso;
porque carecen de buen sentido. El orador y el tirano hacen las cosas en vista
de la injusticia, luego no son felices, luego no tienen el poder.
Si
el más fuerte es el mejor, el más noble, y éste ha de tener el poder, ¿qué
pensáis de un fuerte que no tiene el poder?...
NOTA SEXTA
DE LOS CARACTERES DEL VERDADERO
FUERTE
Tener
el poder: tal es, pues, la meta de toda actividad. Y, por lo tanto, una moral
perpetua ha de basarse en esa exigencia primordial de la naturaleza humana.
Todas las religiones persiguen constantemente ese fin; y los ritos, así como
las creencias, pueden considerarse perfectamente como preparaciones para el fin
supremo de la conquista del poder, es decir, de la nobleza, es decir, de la
fuerza en el más alto sentido de esta palabra.
Una
moral para fuertes es, pues, el hecho constante perseguido por la humanidad; y
es pura demencia e ignorancia empeñarse en sostener que jamás se predicó la
paciencia o la humildad o la modestia o la castidad, etcétera, para conseguir
el hecho de ser pacientes, humildes, castos y modestos; sino para, mediante
este hecho, llegar al Poder.
Un
primer impulso nos mueve a creer que nuestras fuerzas, bajo la forma elemental
de actos desordenados o espontáneos, pueden servirnos de guías: pero el
reconocimiento de la idea exacta de Poder nos hace mirar con más detención los
caracteres del verdadero fuerte.
Aspirar
a fijar tales caracteres constituye, como digo, la propedéutica de todas las
religiones, que son en conjunto una tendencia a unirnos al Principio dominador
de la Naturaleza.
NOTA SÉPTIMA
DEL SACRIFICIO
A
esta elevada altura del desarrollo de las ideas morales, el Justo acaba por
reconocer que es mejor sufrir la injusticia que cometerla. Tal es la substancia
del sacrificio, y sin penetrarla es imposible comprender no ya a Cristo, pero
ni a Apolonio de Tiana.
Sócrates
ha visto toda la fuerza de esta razón, y la ha expresado y la ha vivido.
Polo.
— El hombre que es condenado a muerte injustamente, ¿no es al mismo tiempo un
desgraciado y digno de lástima?
Sócrates.
— Menos que el autor de su muerte, Polo, y menos también que el que ha merecido
morir.
Polo.
— ¿Por qué?
Sócrates.
— Porque el mayor de todos los males es cometer la injusticia.
Polo.
— ¿Es éste el mayor mal? ¿No es mayor mal sufrir la injusticia?
Sócrates.
— De ninguna manera. ¿Te gustaría más recibir la injusticia que hacerla? Ni una
cosa ni otra querría. Pero si fuese absolutamente preciso cometer una
injusticia o sufrirla, me gustaría más sufrirla que cometerla...
Parece una profecía. Los últimos párrafos
del Fedón, que tanto conmueven, se explican por estos principios del verdadero
fuerte.
EDITORIAL TOR
1946